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Garimpeiros de cuello blanco: ¿quiénes devastan la Amazonía?

POR LUIS SALAS RODRÍGUEZ PARA DEBATES INDÍGENAS

Si bien los mineros son señalados como los grandes responsables de la destrucción de los bosques, la fiebre del oro no existiría sin el consumo suntuoso de jeques, influencers, raperos, futbolistas, brokers, actores de Hollywood o cantantes famosos. Tras el aumento de su precio durante el Covid-19, los bancos centrales y los especuladores han incentivado aún más esa demanda. En Brasil y Venezuela, la superficie terrestre afectada por la minería aumenta aceleradamente y la presencia de garimpeiros amenaza a las comunidades indígenas que viven cerca de los yacimientos.

“El oro aumenta la sed de oro y no la sacia”

Publio Sirio

Cuando pensamos en la minería ilegal y legal de oro que desangran a la Amazonía, los culpables nos resultan obvios. Por un lado, el garimpeiro es el prototipo del villano depredador, mayoritariamente hombres, casi siempre jóvenes e, invariablemente, pobres que, llevados por la avaricia o la necesidad, se internan en la selva destruyendo todo a su paso en búsqueda del más preciado de los metales.

Tras ellos tenemos a los grupos armados irregulares: guerrillas, paramilitares o mafiosos a secas. En paralelo a los delitos ambientales, estas bandas cometen asesinatos, practican el proxenetismo y, trafican personas, drogas, alimentos y combustibles. En tercer lugar, se encuentran los funcionarios corruptos, los políticos, los militares o policías que se dejan seducir por estas mafias superponiendo su interés individual por encima de su función pública. Por último, pero no menos importante, los empresarios inescrupulosos que se benefician por la corrupción de los funcionarios y, en muchos casos, son sus testaferros.

Los actores desapercibidos de la fiebre del oro

Cuando pensamos en la minería aurífera, nadie piensa en la señora elegante ni en el joven influencer que pasean por las suntuosas tiendas de Milán, Sao Paulo, Nueva York o Pekín. Tampoco en jeques abocados en complacer a sus múltiples esposas ni en los sugar daddys que deslumbran a sus conquistas. Menos aún en raperos, futbolistas, actores de Hollywood o cantantes famosos. Pocos son los que piensan en los brokers de Wall Street, los financistas de paraísos fiscales como Seychelles o los coach financieros que dan consejos de inversión. Y mucho menos en los burócratas de los bancos centrales.

No obstante, todos ellos son aún más responsables que los garimpeiros y las autoridades corruptas por la devastación que está produciendo la nueva fiebre del oro sobre la Amazonía. Y son responsables no porque estén directamente involucrados en estas actividades, siendo dueños de las minas o las máquinas extractivas. Su responsabilidad deviene de ser la punta de lanza de una demanda creciente de oro que promueve el alza de precios. Todos ellos han generado la actual fiebre del oro que está destruyendo el Amazonas y, acabando con su diversidad biológica y cultural.

Para decirlo de una vez, el mercado del oro no funciona saysianamente, es decir, la demanda no está definida por la producción. Esto significa que no es el minero (el “productor oferente”) el que crea la demanda de su bien. Es justamente a la inversa: es la demanda ávida, ambiciosa, suntuosa y especulativa de sectores privilegiados de la sociedad planetaria la que posibilita y explica la existencia del minero. Los garimpeiros solo hacen el trabajo sucio, pero son el chivo expiatorio de un sistema de destrucción en el que participan varios actores.

El oro como reserva de valor

En 1912, el banquero John Pierpont Morgan hizo una afirmación que se volvería mítica: “Sólo el oro es dinero, todo lo demás es deuda”. La frase fue expresada en el marco de su comparecencia al Congreso de los Estados Unidos, que lo investigaba por monopolio industrial y financiero. Frente a las preguntas inquisidoras, el empresario desestimó el argumento según el cual el poder sobre el dinero provenía del control sobre el crédito ejercido por los bancos. Fastidiado, Morgan lo negó: “El crédito es una evidencia de la banca, pero no es dinero en sí mismo: sólo el oro es dinero. Todo lo demás es crédito”. La historia se ha encargado una y otra vez de darle la razón.

A mediados de la década del ‘70, la subida en el precio del oro, junto a las presiones sobre el dólar estadounidense, desencadenaron el fin del patrón oro, entrando el mercado aurífero en una suerte de estancamiento con tendencia a la baja durante las dos últimas décadas del siglo XX. El repunte del dólar como principal divisa del comercio internacional y de reserva mundial explica en buena medida este comportamiento.

Ya en el siglo XXI, el panorama comenzó a cambiar. El boom de los commodities, apalancado por la demanda china explica en buena medida este cambio de tendencia. Esta fiebre tendió a amainar tras el huracán de la crisis financiera de 2008. Pero ese no fue el caso del oro. Por el contrario, su precio se disparó porque los inversionistas y especuladores se fueron al oro como refugio seguro. Siguieron el consejo de Morgan: las acciones pueden derrumbarse, el dinero fiat puede perder todo su valor y los ahorros desvanecerse, pero sólo el oro permanece como el dinero en última instancia de todo lo que tiene valor mercantil.

La nueva fiebre del oro

Tras el gran encierro que supuso la lucha contra el Covid-19 y la virtual paralización de la producción y el comercio global, el oro comenzó una escalada que aún no se detiene. En esta etapa, el alza del precio está animada fundamentalmente por dos actores, que se suman a los consumidores suntuarios: los bancos centrales y los especuladores financieros que buscan un refugio seguro para sus inversiones.

En ambos casos, la motivación es la misma, aunque respondan a lógicas distintas. Los bancos centrales van tras el oro porque dados los tiempos turbulentos (la guerra en Europa, la posible contienda bélica en Taiwán, la inestabilidad monetaria o inflación global), nada funciona mejor. Nuevamente se confirma la tesis de Morgan de que solo el oro es realmente dinero y tenerlo da garantías. En consecuencia, los especuladores se montan sobre esta ola de precios para resguardar su dinero ocioso o, mejor aún, sacarle provecho revendiéndolo.

Para que visualicemos mejor el asunto, valga agregar que la demanda anual de oro aumentó un 18% durante 2022 hasta alcanzar las 4.741 toneladas. Al momento que escribimos esta nota, el precio de la onza se sitúa en torno a los U$S 1900 y se estima que para finales de año se coloque por encima de los U$S 2000.

El caso de Brasil

El World Gold Council (WGC) estima que el 46% del oro extraído en el mundo termina transformado en joyas. De lo restante, más del 20% se emplea como inversión, un 17% está en posesión de los bancos centrales a modo de reservas y el 15% se destina a otros fines. Pero, independientemente del uso, el resultado sobre el Amazonas es el mismo: más minería legal e ilegal, más destrucción sobre el medio ambiente y más amenazas a las comunidades que habitan en torno a los yacimientos.

Según datos de distintas organizaciones, incluyendo la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), se estima que durante 2020 la fiebre del oro destruyó unos 114 kilómetros cuadrados de la Amazonía brasileña, el equivalente a 10.000 terrenos de fútbol, lo cual implica la mayor superficie anual desde que se tienen registros. El grueso de esta destrucción se produce en reservas indígenas, donde los garimpeiros instalan sus minas y maquinaria pesada, atacan aldeas, transmiten enfermedades, contaminan el agua y devastan las comunidades cuyo conocimiento y respeto de la naturaleza son claves.

El gobierno brasileño estima que unos 4.000 mineros ilegales operan actualmente en territorios indígenas ubicados en la Amazonía. Sin embargo, esta cifra luce subestimada. Para las organizaciones ambientalistas y los líderes indígenas, en verdad la cifra se ubica en torno a los 20.000. Estudios recientes determinaron que entre 2019 y 2020 se utilizaron 100 toneladas de mercurio, lo que se traduce en envenenamiento del bioma amazónico, incluyendo a las comunidades donde ya padecen daños neurológicos.

Brasil es el séptimo productor mundial de oro y el segundo país de la región con la mayor cantidad de reservas auríferas acumuladas en su Banco Central (el primero es Venezuela). Durante 2022, extrajo 107 toneladas y se estima que sólo un tercio de esta producción tiene origen legal documentado porque la legislación actual permite a los vendedores garantizarlo solo con la firma de un papel. Autorizando abrir las Tierras Indígenas a la minería, el legado del gobierno de Jair Bolsonaro ha sido nefasto.

La historia se repite en Venezuela

En el país caribeño, la fiebre global del oro coincide con una crisis que combina un bloqueo económico-financiero y una caída histórica de la producción petrolera. De tal suerte, todo parece confabularse para que la minería ilegal diera un salto cuántico. Wataniba estima que la superficie terrestre afectada por la minería del oro viene creciendo aceleradamente desde 2016: hacia 2019 había alcanzado unas 33.900 hectáreas y para 2021, unas 133.700 hectáreas, es decir, un crecimiento del 294%. El recrudecimiento de la crisis nacional avivado por la pandemia jugó un rol protagónico en este crecimiento.

A través del ejército, el gobierno nacional viene realizando la Operación Autana dirigida a erradicar los campamentos ilegales en el Parque Nacional Yapacana. En esta área protegida se estima que “viven” unas 15.000 personas dedicadas directa o indirectamente a la minería, lo que la convierte en la segunda aglomeración más grande del estado Amazonas, detrás de su capital, Puerto Ayacucho. Desde el 1° de julio al 6 de septiembre de 2023, la Operación Autana contabilizó 11.345 los mineros ilegales desalojados del Parque Nacional.

Esta cifra indica que solo en un campamento minero (de los varios ubicados en el Estado Amazonas) estaban concentrados cinco veces la cantidad de garimpeiros que el gobierno brasileño reconoce en toda la Amazonía de su país. En el mejor de los casos, el 50% de los mineros ilegales estimados por los líderes indígenas y representantes de la sociedad civil brasileña. Esta situación se repite, en mayor o menor grado, en todos los países que conforman el bioma amazónico.

Según las estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos, quedan por extraerse unas 50.000 toneladas de oro, de las cuales una parte importante se encuentran en el Amazonas. Al ritmo actual, eso se traduce en unos 20 años de extracción de oro, con un nivel de saqueo aún más depredador porque se irá convirtiendo en un bien escaso. Esta dinámica no hará más que alimentar la sed de los especuladores y de los garimpeiros de cuello blanco. No son buenas noticias: ¿estamos realmente preparados para lo que se viene?

Luis Salas Rodríguez es Director Ejecutivo de Wataniba.

Foto de portada: Bosques arrasados por la minería ilegal en el Parque Nacional Canaima. Foto: Javier Mesa

Etiquetas: Clima, Debates Indígenas

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